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niña en la escuela

Como dar clase a los que no quieren

Con este título comenzaba la jornada perteneciente al “Ciclo Educación SXXI: nuevas herramientas, nuevos retos” organizado por el Colegio de Psicólogos de Cataluña.

En esta ocasión tuvimos el placer de compartir con Juan Vaello Orts, ideas, estrategias, opiniones y emociones respecto a la intervención en el aula con aquellos que no quieren estar en ella, o como aprendimos, aquellos a los que no les interesa estar  en ella.

En este caso una jornada de 3 horas dio para mucho, por lo que iré desgranando en diferentes posts las ideas centrales que Juan Vaello nos expuso en su ponencia.

De momento, y con el objetivo de agitar conciencias, os dejo algunas de las ideas que despertaron mi interés  y que en los próximos días podréis ir encontrando de forma ampliada en mi blog.

  • Cualquier persona que se encuentre en el aula interviene, no sólo el profesor. La mera presencia, y la actitud que toma (gana, interés, desgana, irritabilidad, etc) influye en el sistema.
  • No se puede restringir el aula a la mera transmisión de conocimientos académicos. En ese espacio y momento se generan otros aprendizajes que favorecen el desarrollo del alumno y que ,en ocasiones, se valoran poco o nada por parte de algunos agentes educativos.
  • Existen 5 niveles de intervención que debemos mejorar: social, convivencia con los demás y con uno mismo, motivación, atención, rendimiento y/o resultados. Para mejorar el quinto nivel (resultados) es necesario mejorar algunos o todos los anteriores.
  • Los profesores con actitud reactiva externa, no proporcionan soluciones a los problemas sino quejas dirigidas siempre a factores externos fuera de su alcance (“en estas condiciones como podemos hacer nada”, “los jóvenes de hoy en día no reciben educación de su familia”, etc). Esta actitud entorpece el trabajo de los profesores proactivos internos, los cuáles centran sus esfuerzos en buscar soluciones a su alcance.
  • Para que el trabajo de los profesores sea efectivo debemos olvidarnos de la obligación, y despertar en nuestros alumnos la empatía hacia ellos, y la atención, interés y utilidad de aquello que estamos enseñando.
  • Un profesor poderoso ante los alumnos no es aquel que grita más alto o en más ocasiones, sino aquel que ejerce una alta influencia en los alumnos a través de la empatía, y una connexión adecuada con ellos.

Gratificante ponencia e interesantes aportaciones de los asistentes, que demostraron una vez más que
¡el cambio es posible si tenemos la voluntad de llevarlo a cabo!

¡Simplemente niños!

Hace unos meses unas educadoras me comentaron sorprendidas, y algo preocupadas, la aparición de una nueva línea  “New Age” que estaba comenzando a influir  a padres y a un pequeño grupo de profesionales del ámbito educativo, y que etiquetaba  a una parte de  los niños en dos categorías: niños índigo y niños cristal.

Esa conversación despertó en mí la curiosidad por conocer de qué manera un grupo de adultos observan, prejuzgan y deciden qué niños pertenecen a un grupo o al otro, o a ninguno de los dos. Todos los autores que he encontrado relacionados con este tema se basan en rasgos psicológicos y conductuales para  describir  las dos tipologías:

Niños índigo: llegan al mundo sintiéndose reyes, no tienen problemas de valoración, les cuesta aceptar la autoridad, se niegan a hacer ciertas cosas, se sienten frustrados con los sistemas ritualistas que no requieren un pensamiento creativo, no reaccionan ante la disciplina de la culpa.

Niños cristal: extremadamente sensibles a todo en su medio ambiente (sonido, emociones negativas de los otros), tan sensibles que son vulnerables, no viven bien en grupo y desean pasar el tiempo solos, deben  estar en contacto con la naturaleza, inocentes, falta de malicia, miedo a intimar, etc.

Además del peligro causado por las creencias espirituales que acompañan a los niños índigo y cristal (prometo dedicar otro post a esta nueva pseudo-religión), existe otro tipo de  riesgos de mayores consecuencias: las etiquetas.

Catalogar a tu hijo con una etiqueta determinada, provoca que los adultos nos comportemos con ellos en base a las expectativas que tenemos sobre esa etiqueta. Los niños por su parte pierden su naturalidad y se comportan acorde a las expectativas de sus padres, para satisfacerlos.

 ¿Dónde queda  entonces la esencia de vuestros hijos/as, aquello que los hace únicos/as?

Entender, aceptar y apoyar la propia esencia de nuestros niños favorece el desarrollo de su identidad

¡Así que os animo a qué os desprendáis de estas etiquetas! ¡Que disfrutéis de la autenticidad de vuestros hijos!
Y si necesitáis un acompañamiento en el camino hacia una mayor comprensión de vuestros pequeños, no dudéis en consultar disciplinas tales como el Coaching para favorecer este proceso.

¡No pierdo el tiempo, descubro el mundo!

David está observando atentamente una araña que está trepando por  el cristal de la ventana. Contempla los movimientos de la araña. Y eso le lleva a hacerse preguntas al respecto. Mamá está a punto de salir para hacer la compra.

-Vamos, David -le dice-. ¡Deja de perder el tiempo!

-Hay una araña mamá, ¡ ven y mira!- dice David.

La madre piensa que David está perdiendo el tiempo, ¿para qué mirar a una araña? Agarra a David por el brazo y se lo lleva: hay que hacer la compra.

Robert Fisher, Cómo desarrollar la mente de su hijo (Obelisco, 2003)

¿Cuántas veces hemos actuado de la misma manera?, ¿qué acciones o conductas tachamos de ser “pérdida de tiempo” para nuestros hijos?

Uno de los errores más comunes del adulto en nuestra sociedad reside en trasladar la propia valoración del tiempo a nuestros hijos. Juzgamos su presente, a través de una visión adulta, que por lo general muestra estar condicionada por creencias que nos obligan  a aprovechar al máximo nuestro preciado tiempo.

Durante años, he trabajado en el área de consultoría, aprovechando cada minuto de mi extensa jornada laboral.

 Asfixiada por las prisas, los plazos de entrega, los ratios a conseguir, las jornadas interminables…llegaba por fin: ¡el esperado fin de semana!, y por desgracia  la dichosa agenda para disfrutar ¡del tiempo libre!: ordenar la casa, ir al cine, cenas, compromisos y casi sin darme cuenta llegaba de nuevo a la mañana del lunes con la sensación de “haberme faltado tiempo” para descansar.  Y mientras continuaba en esta espiral de prisas, de cosas qué hacer, soñaba con el día en el que tuviera “tiempo para no hacer nada”.

Si tanto valoramos el tiempo, ¿por qué no dejamos que nuestros hijos disfruten del suyo?

Aquello que para un adulto puede resultar una pérdida de tiempo, como contemplar una araña en el relato de Robert Fisher, para nuestros hijos  puede provocar la curiosidad, una de las motivaciones básicas que nos conducirán a las ganas de aprender.

Si queremos para nuestros hijos, un futuro lleno de aprendizaje, conocimiento y sabiduría,  es importante que les ofrezcamos en el presente la paciencia necesaria para dejarles  que “pierdan el tiempo siendo niños curiosos”.

Nuestros hijos deben descubrir el mundo que les rodea como niños para que dentro de unos años, puedan entenderlo como adultos.